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Sobre los “antivacunas” y otras falacias 

Si nuestras preocupaciones resultan válidas: no destruiremos nuestro sistema inmunológico, no nos someteremos a un régimen de vacunación permanente, no viviremos en el miedo.

Por: Abie Grynspan Gurfinkiel, empresario turístico

En estos tiempos de censura y manipulación, el calificativo “antivacunas” se ha convertido en el amuleto de aquellos que rehúyen al debate y discusión científica sobre los experimentos relacionados con Covid-19.

Basta con ser calificado como “antivacunas” para sufrir del descrédito universal. Científicos que han dedicado todas sus vidas al desarrollo de vacunas y hoy muestran críticas o dudas, son los nuevos “antivacunas”. Uno de los casos más extremos es el del Dr. Robert Malone, quien en la década de 1980 desarrolló la plataforma tecnológica para las inoculaciones de tipo génico con ARN mensajero. Malone lleva meses advirtiendo sobre los riesgos de estas inoculaciones desde la perspectiva médica y epidemiológica. Asimismo, ha levantado la bandera en la lucha contra la inmoralidad de la inoculación obligatoria y la vacunación de jóvenes y niños.

Antes de avanzar, entonces, es fundamental desenmascarar la falacia del calificativo “antivacunas”. Se podría asegurar, sin la menor duda, que casi la totalidad de los nuevos “antivacunas” no son en lo absoluto “antivacunas”. De hecho, es difícil encontrar entre las filas de críticos de las inoculaciones contra Covid-19 y su obligatoriedad, personas que se opongan a las vacunas probadamente seguras y eficaces. Más bien, si algo caracteriza realmente a los que levantan la voz en contra de la obligatoriedad de estas inoculaciones, es su pasión por la ciencia y la búsqueda de la verdad, su modestia intelectual y su amor por la libertad.

Una vez aclarada la falacia más recurrente, proseguiremos a descubrir otras mentiras ya institucionalizadas.

La inmunidad de rebaño

Tanto autoridades sanitarias de todo el mundo como medios de comunicación han iniciado una cacería de brujas en contra de los no vacunados contra Covid-19. Con aires medioevales y precientíficos señalan a los no vacunados de ser causantes de la plaga, así como hacía siglos se señalaba a alguna minoría por la “peste negra”. Los no vacunados contra Covid-19, dicen, son los responsables de que las distintas sociedades no hayan alcanzado la famosa “inmunidad de rebaño”.

No hay que ser extremadamente listo ni tener autoridad científica como para notar que lo anterior es un embuste del tamaño de una casa.

En primera instancia, es empíricamente manifiesto y oficialmente aceptado por las autoridades de salud de todos los países, que estas inoculaciones no tienen la capacidad de detener el contagio ni la transmisión. En otras palabras, tanto una persona inoculada como una no inoculada pueden adquirir la infección, y una vez adquirida la enfermedad, ambos desarrollan la misma carga viral. Un reciente estudio publicado en The Lancet, sugiere que la vacuna no reduce el riesgo de transmitir la infección a miembros del hogar.

Referente a la incapacidad de la vacuna para controlar la pandemia, un estudio publicado en la Revista Europea de Epidemiología el 30 de septiembre del presente año, concluye que no existe relación entre los incrementos en los niveles de Covid-19 y los niveles de vacunación.  Ese estudio analizó el comportamiento en 68 países y en 2.947 condados de Estados Unidos. Irónicamente el estudio observa una asociación marginalmente positiva entre los países más vacunados y los casos de infección por millón. En esa misma línea, el último reporte del UK Health Security Agency revela que, en los grupos demográficos mayores a 30 años, la subpoblación vacunada tuvo un 80% más de casos de contagios que la subpoblación no vacunada.

Si los datos anteriores no encienden las alarmas en la comunidad científica oficialista y promueven el debate, al menos deberían de ser motivo fehaciente para que detengan la falacia manipulativa de insistir en que la vacunación es fundamental para generar inmunidad de rebaño y detener esta pandemia. La opinión de cualquier autoridad científica que asocie inmunidad de rebaño a esta inoculación debería dejar de ser considerada como seria.

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Un error evidente es el entendimiento del virus como una amenaza uniforme para toda la población. Se sabe desde el inicio de la pandemia que el virus representa peligro de gravedad para personas mayores y para personas con factores de riesgo como obesidad, hipertensión y diabetes. Para la gran mayoría de la población, su peligro relativo es casi despreciable. Hoy día, la nueva ciencia etiqueta de “antivacunas” a aquellas personas jóvenes y sanas que consideramos que la inoculación representa potencialmente más riesgos que beneficios para nuestra salud. ¡Qué etiqueta más ligera!

Aquellos que suelen usar la palabra “antivacunas” como nueva parte de su vocabulario de rutina suelen ignorar dos elementos: los tratamientos tempranos y profilácticos, y la inmunidad natural.

Tratamientos eficaces

Referente a los tratamientos tempranos y profilácticos, sabemos que el Covid-19 es una enfermedad que puede ser evitada en gran medida, o bien abordada con éxito tempranamente con tratamientos como: ivermectina, dióxido de cloro, hidroxicloroquina; asegurando niveles óptimos de vitamina D3, zinc, y otros protocolos médicos que han resultado altamente exitosos, y que además no son dañinos.

La inmunidad natural es un elemento que ha quedado fuera de la discusión, pues al ser la vacunación masiva una herramienta política y el vehículo para la implementación del pasaporte de vacunación, la existencia de un fenómeno biológico tan prehistórico representa una amenaza para las organizaciones supranacionales y los políticos títeres que buscan implementar de modo ubicuo la agenda de control.

Peligros de la vacunación masiva

Virólogos de la altura del Profesor Geert van den Bossche han advertido desde hace muchos meses sobre el peligro de las campañas de inoculaciones masivas en un contexto de una pandemia de un virus altamente mutante.

Los resultados inevitables serán el escape de variantes, que debido a la presión selectiva que ejercen las vacunas, se convertirán en las nuevas variantes dominantes. Esas nuevas variantes eventualmente burlarán absolutamente la protección de la vacuna, dejando en desventaja a los inoculados. Este mismo científico advierte que más allá de las consecuencias médicas ya evidentes y otras impredecibles, la inoculación masiva de poblaciones jóvenes creará desde la perspectiva epidemiológica una situación inmanejable.

Más allá de presentar una defensa médica o científica de nuestras posturas, nosotros, los mal llamados “antivacunas”, defendemos la verdad de que somos dueños de nuestro propio cuerpo, que tenemos derechos naturales otorgados por la vida misma y ajenos a cualquier influencia exterior. Asimismo, nos oponemos de modo radical a que se experimente con nosotros. No estamos dispuestos a que se nos inocule una sustancia cuyos efectos inmediatos están demostrando ser peligrosos, y de cuyos efectos mediatos aun desconocemos, aunque desde ya entendemos que potencialmente pueden ser inmunosupresión, reactivación de enfermedades latentes, aumento de cáncer, infertilidad, ADE, entre otros.  No estamos convencidos de la eficacia de la sustancia y nuestro análisis subjetivo de la relación riesgo-beneficio nos indica que no nos conviene optar por la terapia génica.

No nos dejaremos intimidar, no permitiremos que se metan con nuestros hijos, aguantaremos el apartheid y el maltrato; porque la lucha moral la tenemos ganada. Si es que las vacunas en realidad sirven, el hecho de que no nos inoculemos será para nuestro malestar; pero si nuestras preocupaciones resultan válidas: no destruiremos nuestro sistema inmunológico, no nos someteremos a un régimen de vacunación permanente, no viviremos en el miedo.

Cargaremos con orgullo el estigma que nos quieran poner, porque al final la historia nos dará la razón. Jamás nos avergonzaremos, pues nunca atropellaremos a nadie. Dirán nuestros descendientes que fuimos ejemplo de fe, abnegación y dignidad. Nuestras palabras quedarán en tinta como evidencia de que levantamos la voz cuando el mundo perdió la cordura.

Para finalizar, un recordatorio: si hay una cosa que tenemos en común los no vacunados y los vacunados es que nunca tendremos nuestras pautas completas. Eso significa que nadie está exento de vivir en carne propia la represión que estamos sufriendo los no vacunados. Si el plan de nuestro gobierno prospera, cuando se nos exija la octava dosis, quien haya recibido “sólo 7” y esté decidido a salirse de ese juego nefasto pasará a ser un ciudadano de segunda clase, una persona sin derechos.

¡Abramos lo ojos y detengamos esta opresión!

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