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Las clases virtuales y el Covid-19

En clases virtuales el docente requiere de más exigencia y disciplina, para lograr que los jóvenes establezcan hábitos y no se desconecten

Por: Ernesto González, Licenciado en Ciencias Pedagógicas

Las instituciones educativas – producto de la pandemia actual – están comprometidas a la impartición de clases con el uso de recursos tecnológicos, hecho que implica un sinnúmero de acciones previas, para que pueda establecerse el vínculo docente – estudiante(s).

Un colegio, escuela o universidad que cuente con una plataforma académica que soporte materiales como: documentos, vídeos o reunirse en línea (con el uso de Zoom, Skype, herramientas propias u otros), significa que tiene el respaldo tecnológico necesario; pero tal vez lo más importante por donde debí comenzar, es la preparación de los docentes, que significa un gran esfuerzo de los mismos, en la adquisición de competencias digitales.

Preparar al docente, no resulta nada sencillo; al principio algunos pocos muestran una cierta resistencia, entiéndase “…sino es presencial, ¡no la imparto!”. Por supuesto un planteamiento draconiano, que se convierte en prehistórico, que al escucharlo personalmente me venía a la mente: “…no hay de otra, la historia (en este caso la tecnología) le pasará la cuenta”; por suerte la experiencia que tengo es otra, tuve la dicha de contar con un colectivo de profesores – de todas las edades- que asumieron el reto y lo sobrepasaron, como decimos los docentes de química “en cantidades industriales”.

Amor por educar

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Me correspondía darles acompañamiento a clases en modo virtual incorporado como “estudiante” en cada una de sus clases, que por supuesto observaba y respetaba (nada de interrupciones) y al final de la misma (2 o 3 horas), si el docente me lo permitía aprovechaba para felicitar a los estudiantes y recoger opiniones sobre recibir la clase en ese modo (los pro y los contra). Terminada esta parte, analizaba el desempeño de la clase, recomendaciones (pedagógicas), y no podían faltar las felicitaciones siempre, ¿por qué esto último, se preguntará estimado(a) lector(a)?

La respuesta es sencilla, si la sintetizo en una frase: “amor por educar”, sin horas de reparo en la preparación de una clase, búsqueda de información, de recursos, investigar, incluyendo hasta la posibilidad de dormir mal, sobre todo cuando surge una idea mientras trata de conciliar el sueño; qué decir cuando tuvo en un principio la necesidad de adquirir de su bolsillo una computadora, conexión a Internet, el pago la electricidad (que continua pagando) y posiblemente sin las condiciones idóneas desde su hogar (por razones hoy en día de la pandemia).

Una característica (o más de una) en esta modalidad de trabajo virtual es el rol o desempeño del estudiante que se puede ver permeado por la “lluvia” de tareas, orientaciones y conectarse “en vivo”.  Dedican alrededor de seis horas diarias, a lo que se suma semanalmente entre seis y siete clases, siendo este el eslabón más frágil de la cadena clase con sus actores estudiante – docente.

Cuando el docente imparte una clase presencial (las que pueden desaparecer por un tiempo) tiene que tener control de la disciplina (¡vital!) no con regaños, sino con la persuasión o con el uso de recursos llamativos. Cuando pasa a la modalidad virtual, el docente requiere de más exigencia y disciplina, para lograr que los jóvenes no se desconecten y que establezcan hábitos ligados al horario, planificación de sus actividades, entre otras, pero sobre todo mucha madurez, que no resulta tan fácil en la enseñanza media, bachillerato y los primeros años de la universidad.

Si este proceso por alguna razón se debilitara, no estimulando las administraciones fundamentalmente al personal docente, quien tendrá las de perder será el estudiante, pues tendrá aprendizajes superficialmente adquiridos o no adquiridos, períodos académicos perdidos producto del Covid-19.

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