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Navegando el cáncer desde la gratitud: 9 lecciones desde la fragilidad

María Alexandra Feoli

María Alexandra Feoli Por: Maria Alexandra Feoli

Un diagnóstico oncológico irrumpe en la vida como un golpe inesperado: frágil, vulnerable, real. Pero, en lugar de preguntarme “¿por qué a mí?”, elegí un camino diferente: preguntarme “¿para qué?”. Y desde esa premisa nació un viaje profundo, íntimo, marcado por la gratitud —una brújula que me enseñó a mirar más allá del dolor. La fragilidad ha sido una maestra para el aprendizaje:

1. Darme permiso para sentir

El optimismo fue siempre mi bandera. Pero el sufrimiento me reveló algo esencial: para sanar no basta con ser fuerte, también es necesario permitirse la vulnerabilidad. Así, me di permiso de llorar, de frenar cuando el cuerpo exigía reposo, de decir “no” en los días difíciles. Entender que sentir no debilita, sino que libera, fue una de las primeras lecciones que marcó mi camino.

2. Nutrir mi red de apoyo

Nada se construye en soledad. Desde mis raíces familiares hasta amigos, colegas, vecinos, y más allá —una comunidad entera se convirtió en mi sostén. Mensajes, oraciones, flores, sopitas, acompañamiento… entendí que estar acompañada es, en sí misma, una bendición. Nos necesitamos; pertenecer es sanar.

3. Creer para sostener la esperanza

La medicina ofrece estructura, certeza, números; pero la espiritualidad regala luz. No importa la fe que conduzca tu brújula: oración, naturaleza, rituales, una ceremonia, pero abrazar la fe, soltar el control y sobre todo, creer—esa es la fuente que alimenta la esperanza, la resiliencia, la paciencia y la paz en medio de la tormenta.

4. Vivir el aquí y ahora

La vida podría pensarse como una agenda planificada hasta en sus mínimos detalles. Pero una enfermedad como esta te detiene, te ancla al presente, te fuerza a vivir “un día a la vez”. Entonces, lo ordinario se vuelve milagro: respirar, saborear, hablar, escribir, sentir el sol, admirar un amanecer. Cada instante está impregnado de valor cuando se mira desde la gratitud.

5. Visualizar el futuro como motor

La incertidumbre convive conmigo, pero también lo hace la ilusión de lo que vendrá. Recordé a Viktor Frankl: en medio del sufrimiento, buscar un propósito permite elegir la actitud. Así, ideé planes post-tratamiento: llevar arte y música a hospitales en Costa Rica, realizar la peregrinación del Camino de Santiago, celebrar la sanación en Banff, Canadá, con mis hijos. No son fugas; son faros que me encendieron en los días oscuros.

6. Llegar al punto de quiebre y renacer

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Cuando el tratamiento terminó, pensé: “ya pasó”. Pero el cuerpo tuvo su propia dinámica: me quebré físicamente. El tratamiento había terminado, pero el duelo —nutricional, emocional— apenas comenzaba. Fueron varios días internada en el hospital, días más lentos, exigentes. Y allí, nuevamente, descubrí que, incluso cuando creemos que no podemos más, siempre queda una chispa para seguir. La paciencia, la gratitud y el apoyo —de médicos, familia, comunidad— rescatan el alma.

7. Aprender a vivir con incertidumbre y confianza

Seis meses después, la vida retomaba su ritmo con curvas nuevas: reincorporarme al trabajo, continuar terapias, pasear, retomar proyectos, pero poco después me tocó enfrentar una nueva cirugía. Aprendí que vivir implica lidiar con la incertidumbre sobre todo después de coquetear con la muerte, pero elegí confiar, abrazar el presente desde la fe: “valiente no es quien no siente miedo, sino quien lo enfrenta”.

8. Recuento de bendiciones: quién soy ahora

Un año después de mi diagnóstico, el paisaje real se torna paisaje interior. Hoy contemplo los picos nevados y lagos turquesas de Banff con mis hijos—una imagen que en su día fue un refugio mental mientras escalaba mi propia montaña empinada de cirugías y tratamientos. Ya no soy la misma. Aprecio lo pequeño: un abrazo, una comida, un libro, una conversación. Soy más pausada, más espiritual, empática, agradecida. Aprendí que soltar resentimientos libera y que perdonar me permite viajar más ligera. Valoro a los que estuvieron, y reconozco quién no es parte de mi tribu. Y deseo, sobre todo, llevar luz donde haya oscuridad, ser testigo de que la gratitud sana, reconecta y transforma.

9. Desde la gratitud

Navegar el cáncer desde la gratitud no es un estado estático: es un movimiento continuo entre lo frágil y lo luminoso. Es elegir sentir, acompañarse, vivir, proyectar, agradecer, sanar y sobre todo, creer. Es entender que, a veces, el verdadero milagro no está en vencer una enfermedad, sino en reinventarse más humana, más plena, más consciente.

Deseo que puedan leer esto como un puente que acerca, que sana, que inspira. Y, sobre todo, que en la propia travesía encuentren motivos para agradecer y sostener la esperanza.

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