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La dignidad que nos humaniza

Reflexión ante la propuesta de regularizar la prostitución en Jacó

marianne odio

Por: Marianne Odio Fonseca, profesional en Humanidades y Talento Humano

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Una reflexión sobre la dignidad, ante la propuesta de regularizar la prostitución en Jacó.

Prostitución

Una palabra que, desde su raíz latina prostitutio, carga el peso de una realidad que degrada, corrompe y destruye el alma y el cuerpo. Significa “poner delante”, “exponer públicamente”, como se hacía en la antigüedad con quienes eran ofrecidos para el comercio sexual. Según el término del Diccionario de la Real Academia Española, es la actividad de quien mantiene relaciones sexuales con otras personas a cambio de dinero. Realidad que duele a nivel mundial y, sobre todo, que ha golpeado a nuestro país por muchos años, y más aún, cuando se confirma según la noticia publicado este el 25 de junio, sobre la propuesta de regularizar la prostitución en Jacó.

Según el contexto de la noticia, la propuesta del alcalde de Garabito, lejos de proteger a las mujeres, las convierte en actividad registrable. En efecto, regular este tipo de prácticas equivale a validar la explotación sexual de la mujer, con ello, otros problemas más a fondo como lo son el narcotráfico y el crimen organizado, dañando la imagen de nuestro país como destino de turismo responsable. Por lo tanto, lo que deseo exponer ante este problema y realidad dolorosa que estamos atravesando, es una voz a la esperanza, a conocer la dignidad que nos humaniza.

Dignidad

Del latín dignitas, su raíz en dignus, que significa merecedor de algo, según la Real Academia Española. Porta en su esencia la capacidad de embellecer el alma y cuerpo, engrandeciendo lo humano. Es el asombroso terreno de la belleza que nos hace semejantes en esencia y solidarios en convivencia como merecedores del regalo de la vida.

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Para el filósofo alemán Immanuel Kant, el concepto de dignidad humana es el valor intrínseco y absoluto que hace al ser humano insustituible, lo que significa que no tienen precio ni pueden ser tratados como simples instrumentos. En su obra ética, Kant establece la diferencia entre valor absoluto o el precio y las personas, una particular distinción fundamental entre los dos conceptos. Por un lado, las cosas son las que tienen un precio y pueden ser intercambiadas, es decir, sirven como medios para satisfacer un fin. En cambio, las personas tienen dignidad y están por encima de cualquier precio; son únicas, irrepetibles y merecen respeto absoluto por su capacidad de razonar y elegir, por su libertad y voluntad.

Por si fuera poco, para la filósofa norteamericana, más cercana a nuestros tiempos, Martha Nussbaum, la dignidad humana es el núcleo de la justicia social y los derechos humanos, vinculando la dignidad de la mujer con el enfoque de las capacidades (oportunidades reales para desarrollarse como personas). Entre sus obras académicas y escritos de la filósofa, Nussbaum rechaza la trata de explotación sexual femenina y argumenta que una vida digna es tratar a las mujeres con dignidad, es decir, rechazando el trato como meras herramientas, y sostiene que la justicia es un valor fundamental en la sociedad.

El Papa Juan Pablo II, en su Carta Apostólica Mulieris Dignitatem (1988), sobre la dignidad y la vocación de la mujer, fundamenta toda antropología cristiana en la igualdad de dignidad y unidad entre hombre y mujer. Esta diversidad complementa lo masculino y lo femenino. Este es el fundamento: la unidad dual de ambos sexos que se complementan, creados a imagen y semejanza de Dios. Destaca, además, un contenido que embellece el papel de la mujer en la sociedad como portadora de vida, su vocación al Amor, y la bendición que supone entregarse a Dios en la vida consagrada.

En tiempos donde incluso la inteligencia artificial nos obliga a redescubrir qué nos hace humanos, el Papa León XIV nos recuerda que la dignidad no es un concepto abstracto — es la grandeza que nos constituye como personas. Esa misma dignidad que hoy, en las calles de Jacó, está en juego. Por lo tanto, y habiendo expuesto esta breve reflexión, queda la esperanza de que la dignidad sea siempre motivo de anhelo y defensa. La ignorancia paraliza. La formación nos une, nos dignifica. Las humanidades tienen un llamado fundamental: hacernos más humanos en el mejor sentido de la palabra.

Nuestra dignidad nos humaniza.

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