
Por: Gilberto Velarde, Asociación Familia Cinco y Más
En mi infancia, la familia era el núcleo fundamental y núcleo de la sociedad, sin embargo vemos cada día menos la intención de los jóvenes de formar familia y mucho menos tener hijos. Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC), en los últimos 10 años la reducción en matrimonios fue de un 21% y si expandimos la métrica en 2 generaciones (80 años) la tasa promedio de matrimonios se ha reducido en 40%.
Hay algo curioso en la vida moderna: Los restaurantes de moda tienen lista de espera, los centros comerciales llenos y desfilando las últimas adquisiciones, las redes sociales inundadas de viajes, experiencias y momentos “inolvidables”. Todos buscando una vida instagrameable y aesthetic.
Nunca habíamos tenido tantas opciones para disfrutar la vida… y sin embargo, cada vez lo hacemos más solos.
La pregunta incómoda no es por qué la gente ya no quiere tener familia, la pregunta real es otra: ¿En qué momento dejamos de verla como el centro de la vida?
¿Debe ser la familia el centro de la vida?
Durante mucho tiempo, el éxito tuvo una forma bastante clara, no era perfecto, pero era comprensible: construir una vida, formar una familia, crear estabilidad, dejar un legado.
Hoy, sin darnos cuenta, cambiamos esa definición. El éxito ya no se construye, se consume. Se mide en experiencias, en libertad, en movimiento constante, en fotos que buscan likes y sensaciones virales. Es la capacidad de elegir sin atarse y aplica para todo.
Pasamos de construir una vida… a coleccionar momentos
En este nuevo esquema, la familia empezó a verse distinta. Ya no como proyecto de vida, sino como una decisión que compite con todo lo demás, con la definición de éxito que nos ha vendido la sociedad.
Porque formar una familia exige algo que la cultura actual no premia: tiempo, entrega, compromiso, permanencia. Mientras tanto, todo a nuestro alrededor empuja en la dirección opuesta: gratificación inmediata, flexibilidad, autonomía, cambio constante y libertad.
No es que la familia haya perdido valor, es que quedó en desventaja, en los parámetros de medición de hoy no es atractiva.
Competir contra la inmediatez es una batalla desigual, hoy en día estamos acostumbrados a streaming, a pedir comida a domicilio, a compras con entregas expeditas y a que las cosas pasen cuando yo quiero y como quiero.
La familia tiene muchísimas recompensas como resultado del amor, esfuerzo, entrega, dedicación a la pareja y a los hijos.Genera muchos frutos, sin embargo se recogen con tiempo y dedicación.
¿Familia como expansión o restricción?
Sin notarlo, la sociedad ha comenzado a percibir el matrimonio y los hijos no como una expansión de la vida, sino como una restricción de ella. Entonces aparece una narrativa silenciosa, no es solo una percepción personal sino como nos lo venden ciertos medios de comunicación, series, películas, anuncios: Una familia y tener hijos “complica”, “tiene un alto costo” y “limita”.
Y aunque pocas veces se diga en voz alta, el mensaje se instala: la vida plena que nos venden no lleva esos adjetivos, el éxito actual requiere de cierta cantidad de libertinaje.
Pero hay algo que no termina de encajar, en muchos casos mientras más experiencias acumulamos, más libertad conquistamos y más opciones tenemos, nos sentimos menos llenos... algo sigue faltando. Tal vez por eso, en medio de una vida llena de estímulos, también crecen la ansiedad, la soledad y la sensación de vacío.
Porque hay cosas que no se pueden consumir. La pertenencia no se compra, el sentido no se agenda y el legado no se improvisa.
Quizás el problema no es que la familia haya cambiado. Quizás lo que cambió fue la forma en que la estamos contando y nos lo estamos creyendo.
A la familia la reducimos a sacrificio, cuando en realidad es expansión, nos la venden como límite, cuando en realidad es profundidad, la sentimos como carga, cuando en realidad es uno de los pocos espacios donde la vida adquiere verdadero sentido.
La familia no compite con la vida. Es lo que le da forma y sentido
No se trata de romantizar ni de idealizar. Formar una familia implica compromiso, retos reales, decisiones difíciles y, muchas veces, condiciones que no ayudan. Pero más allá de lo económico o lo estructural, hay una conversación más profunda que no estamos teniendo ¿Qué entendemos hoy por una vida exitosa?
Porque si el éxito se mide únicamente por lo que vivimos, por lo que experimentamos o por lo que acumulamos… entonces es lógico que la familia pierda espacio.
Pero si el éxito también se mide por lo que construimos, por los vínculos que sostenemos y por el impacto que dejamos en otros… entonces la conversación cambia por completo.
Tal vez no estamos ante una generación que dejó de querer familia, tal vez estamos ante una generación que creció aprendiendo a desear otra cosa. Y ahí está el verdadero desafío: No convencer, no imponer, sino volver a poner sobre la mesa una verdad incómoda y necesaria: que hay una forma de plenitud que no se encuentra en el consumo, ni en la experiencia, ni en la libertad sin raíces. Se encuentra en lo que permanece.
Porque al final, la pregunta no es cuántos lugares visitamos, ni cuántas experiencias vivimos. La pregunta es más simple, y más profunda: ¿qué estamos construyendo para que valga la pena vivir la vida a plenitud?
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Muy buen artículo. No es solo el transitar (sin atajos e inmediatez) sino qie tipo de legado queremos dejar en este mundo...
Excelente reflexión, mejor dicho imposible me gustó mucho el mensaje que haces llegar y ponernos a pensar