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La figura del Presidente es un Símbolo Patrio

Por: Vladimir de la Cruz, Historiador

A todas las personas que han ocupado el cargo de Presidente de la República se les debe llamar “Presidente”, aún si están con vida, y no están en ejercicio de la Presidencia. Es el trato cotidiano y respetuoso que hacia ellos debe mantenerse.

El puesto de Presidente es el más alto cargo que se puede ostentar desde el punto de vista político nacional, es un honor para quien lo tiene y es enorme la responsabilidad de ejercerlo. En él se representa toda la ciudadanía, todo el pueblo electoral, una vez que asume el cargo de Presidente, en tanto representa a toda la Nación costarricense, no así los diputados que representan a sus propios electores, de sus respectivos partidos políticos nacionales o provinciales, aunque ejerzan el cargo por la Nación, por el pueblo y en representación suya.

El Presidente, en su investidura, nos recuerda cotidianamente la Independencia de la Nación costarricense, la Soberanía popular que en su figura se encarna.

El Presidente de la República, los Presidentes de los Supremos Poderes del Estado, de la Asamblea Legislativa, la Corte Suprema de Justicia y Tribunal Supremo de Elecciones, junto con los Embajadores, en sus Embajadas de Costa Rica en el exterior, son los únicos funcionarios nacionales que pueden usar, en su ejercicio, el Pabellón Nacional, que es la integración de la Bandera Nacional y el Escudo Nacional en una sola unidad. Todos ellos, de una u otra manera, en la especificidad de su función, representan al pueblo soberano costarricense, a la Nación costarricense, con todos sus valores.

Por ello el Presidente de la República es como un Símbolo Patrio, al que se le deben guardar todos los respetos que el Protocolo exige para estos símbolos, y para las figuras, o personas, que los representan y ejercen, en el momento de ejercerlo.

La cortesía es la que implícitamente debe estar en todas las relaciones humanas. Y el trato de la cortesía es la forma de cómo debemos dirigirnos a los demás. Al mostrar nuestra cortesía y respeto mostramos nuestro nivel educativo.

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Dependiendo de cómo nos tratemos nosotros así vamos a tratar a los otros. Si en nuestra familia establecemos relaciones de poder, de sumisión y vasallaje, si establecemos relaciones de agresión, de acoso, de falta de respeto, se repetirán esas prácticas sociales y de comportamientos que han experimentado hacia otras familias y personas, y hacia la sociedad como un todo.

En la familia se deben enseñar las bases de esta convivencia democrática responsable. En la Escuela se debe fortalecer este sentido vital. No casualmente desde los primeros niveles de educación se enseña a los niños nuestros Símbolos Patrios fundamentales, nuestros Himno Nacional y los cantos patrióticos, y se inicia la enseñanza de  Nuestra Historia Patria.

En Costa Rica, por esa tradición democrática, pacifista, es usual que los Presidentes se desplacen a atender actos o compromisos sin mayor seguridad, y que cuando llegan a su destino rompan todo tipo de barrera protocolaria y de seguridad, y se trasladen, aunque sea pocos metros sin escoltas. Esto es parte de la vida democrática nacional, que nos enorgullece, pero que también nos distingue de otros países cercanos y lejanos.

En la noticia destaca muchas veces esta cordialidad con que el Presidente se desplaza, y es más noticia el respeto que se le brinda en su paso, cuando va desprotegido de escoltas. Pero, también sucede, que cuando alguien le hace “un feo” al Presidente también lo destacan como noticia. La noticia más importante es la que el Presidente saluda directamente a los ciudadanos, solo, frente a frente, no que una persona, aparente maestra o educadora, le niega el saludo de darle la mano. El Presidente finamente, demostrando su cultura, su educación, su talante, cuando la educadora se le echa para atrás discretamente para no saludarlo dándole la mano, sencillamente acepta el gesto y sigue saludando al resto de personas, que además aprovechan pare dirigirle algunas palabras. El que dio la lección fue el Presidente. 

Cuando José Figueres llegó a la Universidad de Costa Rica, y en las mismas condiciones de Carlos Alvarado, sin escolta alguna, acompañado de pocos profesores, al entrar en la Escuela de Economía, donde funcionaba también la Escuela de Derecho, un pequeño grupo de estudiantes le silbó a su entrada. Figueres se devolvió y dirigiéndose al grupo de estudiantes preguntó quien le había silbado. Pablo Azofeifa, estudiante, le dijo “Yo fui”, y Figueres le dio una cachetada. Eso conmovió al país ese día. Por la noche el Presidente Figueres habló por radio y por televisión sobre el incidente ocurrido.  Palabras más, palabras menos, dijo: “Hoy fui a la Universidad. Yo estoy de acuerdo con que al Presidente de la República lo chiflen. Lo que no puedo estar de acuerdo es que a un viejo le falten el respeto. Por eso tuve que darle una bofetada a ese muchacho, para que aprendiera a respetar a los mayores”.  Mi abuelita Ofelia, que era antifiguerista, oyéndolo conmigo dijo: “Estoy de acuerdo con él”. La anécdota final de esta bofetada fue que le dijeron a Figueres: “Qué torta se jaló usted don Pepe, con ese muchacho, que es hijo de su amigo Isacc Felipe Azofeifa” “y ¿cuál es el problema”, preguntó, el Presidente. “Que dicen que le arrancó un diente”. “Eso no es ningún problema, dijo Figueres…díganle que se mande a poner un puente y le ponga una plaquita que diga Administración Figueres”. Luego, a la tica, ahora sí en la realidad, Figueres, Isacc Felipe Azofeifa y Pablo se reunieron alrededor de una taza de café, unos días después.

Los hábitos de la buena educación se enseñan en el hogar y se fortalecen en la escuela y el colegio, y hasta en la Universidad. Decir buenos días, buenas, tardes, buenas noches, muchas gracias, ¿cómo está usted?, dar la mano en forma de saludo, el respetar a las personas y a los funcionarios públicos, a los trabajadores en general, a los que ejercen los altos cargos de la Dirección del Estado y de la Administración Pública, que es cosa de todos, son aspectos que se aprenden desde la infancia, gracias a los buenos padres y madres, a los maestros y maestras, a los profesores que los enseñaron y a las buenas relaciones, que en igual sentido, cultivamos desde pequeños con quienes nos rodearon.

El respeto hacia otros nace del propio respeto que se tiene hacia uno mismo. Quien no se respeta a sí mismo, ni exige que se le respete, no respeta a nadie.

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