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Bad Bunny en el Super Bowl: cuando la cultura se confunde con vulgaridad

¿Esta es la versión que queremos de Latinoamérica?

mujeres bad bunny

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¿Cuál versión de mujer latinoamericana es la que queremos promover?

El espectáculo de medio tiempo de 2026, encabezado por el artista puertorriqueño Bad Bunny, fue presentado como un triunfo simbólico: el primer latino solista en encabezar el evento y el primero en hacerlo casi completamente en español.

Por años se nos ha repetido que toda visibilidad latinoamericana en el escenario global debe celebrarse sin matices. Que si uno de “los nuestros” llega al centro del espectáculo más visto del planeta —el medio tiempo del Super Bowl— lo correcto es aplaudir. Sin embargo, la visibilidad por sí sola no es cultura. Ni toda representación dignifica.

El show, realizado en California, incluyó una puesta cargada de referencias a Puerto Rico y a América Latina, con invitados como Lady Gaga y Ricky Martin y una celebración explícita de identidad cultural latina.

Pero la pregunta incómoda sigue en pie:  ¿Qué tipo de identidad estamos exportando? ¿Cuál versión de mujer y de América Latina queremos promover?

Sí, es cierto que todos los países de este continente somos América. Que compartimos historia, tradiciones, ritmo y cultura popular. Pero reducir la imagen de la mujer latinoamericana a coreografías de “perreo”, sensualidad explícita y roles decorativos no es reivindicación cultural: es simplificación comercial. El espectáculo incluyó canciones emblemáticas del artista y números coreográficos con bailarinas, presentados como celebración festiva del género urbano.

Hay quienes lo interpretan como empoderamiento; otros —entre quienes me cuento— lo vemos como normalización de la cosificación de la mujer envuelta en luces, producción millonaria y marketing global.

No se trata de negar el talento ni el impacto económico. El artista ha encabezado rankings globales y ha llenado giras multimillonarias, y su entorno empresarial ha sido clave en esa expansión internacional. Según reportes de la industria musical (Bloomberg, Billboard, para citar solo dos) su sello discográfico, Rimas Entertainment, fue fundado con más de US$2 millones por Rafael Ricardo Jiménez Dan, exviceministro de Seguridad Jurídica de Hugo Chávez y capitán del Ejército retirado de Venezuela.

Figuras políticas han solicitado investigaciones sobre los vínculos financieros con capitales asociados a exfuncionarios del chavismo, denuncias que han sido objeto de debate mediático aunque no constituyen conclusiones judiciales.

El punto no es el artista en sí —ni siquiera su música— sino el fenómeno cultural que lo rodea. Todo lo que está detrás. Detrás de su ascenso con dinero del Chavismo, detrás de sus letras, detrás de sus poses y del manoseo. Porque detrás de la estética, del discurso de “resistencia” y del aplauso global, existe una narrativa dominante: la del hedonismo como identidad y la del entretenimiento como sustituto de valores culturales más profundos; el uso y el abuso de la mujer como si fuera un trapo que se mueve para gustarle al hombre. Y un hombre que al parecer le importa nada su mamá, su hermana o su hija, lo que le importa es la mujer que da placer y que le da dinero. Porque si una cosa busca este Conejo es el marketing para conseguir la plata.

Su narrativa conecta con una sensibilidad populista contemporánea donde lo instintivo sustituye lo formativo y lo masivo desplaza lo correcto.

Como mujer, madre y profesional de la comunicación, no puedo aceptar que esa sea la imagen de las latinas ante el mundo. No somos un estereotipo coreográfico ni la colección de novias de una letra pegajosa. No queremos promover que nuestros hijos y sobrinos tengan muchas novias. Eso no es exitoso, sino asqueroso.

Somos personas con dignidad, historia, pensamiento, familia, trabajo, fe, sacrificio y no debemos ser la construcción social que un Conejo Millonario quiera hacer de nosotras y de nuestras hijas.

Conviene recordar además que la presencia latina en ese escenario no comenzó ahora. Décadas atrás, artistas como Gloria Estefan —entre otras figuras— llevaron música latina al mismo espectáculo con propuestas distintas, demostrando que representación y elegancia no son excluyentes.

Celebrar lo propio no implica renunciar al criterio. No todo lo popular es valioso, ni todo lo globalmente exitoso es culturalmente edificante. La verdadera discusión no es si un latino llegó al Super Bowl. La discusión es qué versión de nosotras mismas decidimos mostrar cuando llegamos: ¿La de las mujeres violinistas o la de las que "perrean"?

Y en esa conversación, el aplauso automático nunca ha sido sinónimo de conciencia cultural.

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Gabriela Zamora
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Comunicadora con más de 20 años de experiencia en medios y consultoría. Licenciada en Ciencias de la Comunicación Colectiva con énfasis en Periodismo, Universidad de Costa Rica.

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