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Soledad digital y acompañamiento sacerdotal

Hemos empezado a sustituir las conversaciones con personas reales por conversaciones con máquinas. Y el precio que pagamos por eso es alto: la soledad

Bernal Campos Retana

Bernal Campos Retana

Por: Bernal Campos Retana, sacerdote

La soledad digital es una realidad.

Soy sacerdote católico, informático de profesión y filósofo. Hace poco leí varias noticias que me dejaron pensativo: cada vez más personas buscan conversar con chatbots de inteligencia artificial (IA) para desahogarse, buscar compañía sentimental o incluso consejería psicológica o espiritual. Por ejemplo, en Suiza se lanzó en 2024 el proyecto “Deus in machina”, una aplicación que simulaba el diálogo con Jesucristo en un confesionario. Una especie de fe diluida en pixeles.

Aquí entra una voz profética que no podemos ignorar: la del Papa León XIV. Hace apenas unas semanas, en septiembre de 2025, dijo unas palabras que resuenan como una llamada de atención: "Será muy difícil descubrir la presencia de Dios en este ámbito" (el de la IA).

No se trata de condenar la tecnología. La IA puede ayudarnos en mil cosas útiles: desde detectar enfermedades hasta mejorar la educación. Pero hay una línea delicada que estamos cruzando sin darnos cuenta: hemos empezado a sustituir las conversaciones con personas reales por conversaciones con máquinas. Y el precio que pagamos por eso es alto: la soledad. Una soledad que es reflejo de la soledad que sentía Adán -antes de la creación de Eva- que no se resolvió con la creación de los animales, porque ninguno de ellos era un igual (cfr. Génesis 2,18-20).

Cuando el algoritmo reemplaza el abrazo

No es ciencia ficción. Millones de jóvenes usan cada día aplicaciones como Replika, que permite crear un “amigo virtual” hecho a la medida. Esa compañía promociona su chatbot como una fuente de bienestar emocional. Muchos usuarios terminan hablando con su IA durante horas, creando un vínculo afectivo con algo que, en realidad, no siente nada. Algunos psicólogos han documentado casos de dependencia emocional e incluso depresiones graves cuando el programa deja de funcionar.

La máquina puede decir “te entiendo”, pero no entiende. Puede escribir “no estás solo”, pero no te acompaña. Puede imitar la voz, el estilo y las palabras de una persona, pero no puede amar. Y ese es el núcleo del problema: confundimos respuestas automáticas con comprensión, y simulaciones de afecto con amor verdadero.

La soledad digital de la falacia cerebralista

Muchos creen que la IA llegará a “pensar” como nosotros. Pero eso parte de una ilusión: que pensar y sentir son solo procesos químicos o eléctricos. Es lo que algunos filósofos llaman “falacia cerebralista”: creer que la inteligencia es fruto del cerebro, como si el alma espiritual no existiera.

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La fe cristiana nos enseña que el ser humano no es solo un conjunto de neuronas, sino una persona creada a imagen de Dios, con inteligencia, libertad y conciencia moral. La IA no tiene alma, ni responsabilidad, ni culpa, ni compasión. Si alguna vez parece tener “conciencia moral”, en realidad es la de sus programadores, los cuales, como todos nosotros, pueden equivocarse… o simplemente no tener conciencia moral alguna.

El cristianismo es personal o no es nada

El cristianismo no es una filosofía ni un sistema de máximas morales. Es el encuentro con una Persona: Jesucristo. Por eso la fe no puede vivirse a través de un algoritmo. Ninguna IA puede ser mediadora de la gracia, ni dar absoluciones, ni ofrecer la mirada misericordiosa de Cristo que sana el corazón. La salvación no se transmite por Wi-Fi.

Dios quiso encontrarse con nosotros cara a cara en la Encarnación. Y quiso que ese encuentro se prolongara en su Iglesia, en los sacramentos, en la palabra viva del sacerdote que aconseja, anima, perdona. A través de su propia humanidad, el sacerdote nos comunica el amor de Dios. En esa cercanía hay una presencia que ninguna IA puede imitar.

Necesitamos volver a hablar con alguien que escuche de verdad

El ritmo de la vida moderna, el miedo al juicio o el simple cansancio nos han llevado a buscar refugio en lo que parece más fácil: una aplicación que siempre está disponible, que responde al instante, que nunca se impacienta. Pero esa comodidad nos aísla más. Nos hace olvidar que solo otro ser humano puede empatizar con mis alegrías y sufrimientos.

A veces basta una conversación sencilla con un sacerdote o un amigo en la fe, para que la luz vuelva a entrar. No hace falta preparar un discurso, solo abrir el corazón. Un sacerdote no tiene todas las respuestas, pero tiene algo que ninguna máquina tiene: una presencia viva, una palabra que brota de su trato con Dios, una oración silenciosa por quien se le confía.

La IA puede ser una herramienta útil, pero no puede reemplazar el contacto humano. La tecnología no es el enemigo; el verdadero peligro es olvidar quiénes somos: hijos de Dios, creados a su imagen y semejanza. Si dejamos que las pantallas ocupen el lugar de los rostros, nos convertiremos en extraños incluso para nosotros mismos. El sacerdote no tiene todas las respuestas, pero puede ayudarte a escuchar al único que sí las tiene: Jesucristo.

soledad digital

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