
Por: Helena Fonseca, empresaria
Abrí el portón y observé que yacía entre cajas de cartón una persona sobre la acera. A pocos metros observé varias bolsas de basura abiertas. Su contenido estaba desperdigado en la calle. Algunos pájaros rondaban sobre aquellos residuos. Esta escena es cada vez más frecuente en no pocas comunidades.
Mientras la sociedad continua su rutina, personas van tras restos de comida, metales y botellas de vidrio. Ello me hace reflexionar acerca de nuestra mirada social: no deberíamos sentir vergüenza por quienes viven en la calle, sino por una sociedad que llega a considerarlo algo normal e inevitable.
La pobreza es una realidad que debe interpelarnos, no deja de ser también una responsabilidad colectiva. Es fácil retirar la mirada y pasar de largo. Difícil, hacer propio el dolor ajeno. Aportar. Qué contrastes tiene la existencia. Nos quedamos muchas veces en una mirada externa y superficial, pero deberíamos pasar del retrato de los hechos externos al relato de los hechos profundos. De aquellas vidas llenas de brillo social a otras marcadas por la soledad, la indiferencia y el silencio.
Una sociedad herida y extraviada
Ya el filósofo Platón nos relata la historia de Penia, hija de la carencia, de aquello que hace falta. Detrás de cada una de estas personas no existe únicamente una carencia económica, sino una ruptura interna. Una ruptura con los vínculos. El flagelo del narcotráfico está incidiendo significativamente en el tejido social. Refleja una sociedad herida y extraviada.
Experimentamos inseguridad en nuestro país. Los hechos la confirman. Somos testigos de una inestabilidad creada por la violencia. Recordemos que una forma de violencia es la discordia. Quienes perturban el orden social, lesionando la convivencia, hacen un profundo daño, cometen una injusticia. La injusticia de no pacificar las tensiones y de atemperar los conflictos tienen un costo muy alto: el tiempo perdido. La justicia no solo se vive en las calles sino también en los espacios públicos.
Un hijo de la justicia es el bien común
Un bien que une y tiene un carácter moral pues trata con personas, no con intereses o ventajas particulares. Constituye el criterio principal para juzgar el ejercicio de la acción política y, en particular, la acción del gobierno, pues es lo que la justifica. Poderoso verso el de Homero: “Llevadera es la labor cuando muchos comparten la fatiga” porque las palabras se pronuncian con actos. La solidaridad es una virtud cívica, uno de los pilares de la educación. Debemos vivirla en las calles y en las mesas de trabajo. Recuperemos nuestra mirada social y recordemos que no hay tiempo que perder pues hay ciudadanos que mueren en las calles y nuestro país muere en ellos.
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