
Por: Álvaro Solano, Escuela de Psicología, Universidad Fidélitas
Cuando hablamos de violencia contra las personas adultas mayores, muchos piensan en golpes o empujones. Pero la realidad es mucho más dolorosa y silenciosa. El abandono, las estafas, la indiferencia y la humillación hieren tanto o más que un golpe, porque destruyen la confianza, la dignidad y las ganas de vivir.
El 1 de octubre, Día de la Persona Adulta Mayor, debería ser un recordatorio incómodo para todos: el maltrato en la vejez está presente y, en muchos casos, ocurre en los entornos más cercanos, donde debería existir cuidado y amor.
En Costa Rica, las cifras hablan por sí solas. Solo en 2023, la Asociación Gerontológica Costarricense (AGECO) atendió 684 casos de violencia, desde abuso físico y psicológico hasta negligencia y abandono. El Ministerio de Seguridad Pública reporta cinco estafas diarias a adultos mayores, una forma de violencia económica que deja heridas invisibles. Y hasta octubre de 2024, la línea 1165 recibió 760 denuncias por abandono, un aumento que refleja una dolorosa tendencia.
Pero más allá de los números, lo preocupante es lo que estos significan seres humanos que, después de toda una vida de trabajo y entrega, enfrentan sus últimos años con miedo, soledad o desconfianza. Y lo más grave, muchos callan, porque sienten vergüenza o porque definitivamente están abandonados, porque no quieren “estorbar”, o porque los agresores son sus propios familiares.
Y es que la violencia no siempre deja moretones o huellas visibles. También puede expresarse en una pensión arrebatada, en una visita que nunca llega, en la burla constante por hablar o caminar despacio, o en el desprecio de quienes piensan que la vejez es una carga. Estas heridas silenciosas hacen envejecer más que los años: generan depresión, ansiedad, aislamiento social, pérdida de autonomía y una institucionalización cada vez más temprana.
El abandono y la indiferencia también son formas de violencia. No basta con dar techo o comida; la persona mayor necesita ser escuchada, reconocida, abrazada, validada y socializar. La dignidad no se jubila y el derecho a una vida plena no caduca con la edad, todo lo contrario, debería ser en la vejez cuando más se garantice el acompañamiento, el respeto y el reconocimiento a quienes han entregado su vida a la familia y a la sociedad.
¿Qué podemos hacer por las personas adultas mayores?
- Dedicar tiempo genuino, no solo visitas rápidas.
- Observar señales de alerta para actuar como el retraimiento, miedo excesivo, cambios repentinos de conducta.
- Denunciar cualquier sospecha de maltrato. El silencio nos convierte en cómplices.
- Educar y sensibilizar a familias y cuidadores. El respeto y la ternura también se aprenden.
Nuestro país cuenta con marcos legales importantes, como la Ley Integral para la Persona Adulta Mayor (N.º 7935) y la Ley de Protección Patrimonial (Expediente N.º 22.244). Pero ninguna ley sustituye el deber humano de cuidar y valorar a quienes un día nos cuidaron.
Envejecer no debería ser sinónimo de soledad ni sufrimiento. El respeto hacia las personas mayores refleja los valores más profundos de nuestra sociedad. Este Día Internacional de la Persona Adulta Mayor debería ser un llamado claro: no más silencio cómplice. Protejamos a nuestras personas mayores con la misma fuerza con la que ellas alguna vez nos protegieron.
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